miércoles, 9 de septiembre de 2015

El Yacaré y las Estrellas

Leyenda del Yacaré y las Estrellas

Todos sabemos desde cuándo está la noche en el Cielo, pero sobre muchas cosas no sabemos cuándo ocurrieron por primera vez. Esta historia es una de ellas.

El yacaré, sentado en la orilla, esperó que cayera la tarde sobre el bañado. La tarde se hizo noche y la noche bajo las estrellas y la luna, que se fue haciendo horma de queso hasta iluminar la silueta del reptil y estirarla sobre el agua. El yacaré apuró un pescado que había atrapado, miró al cielo y suspiro profundamente.

- Manos a la obra - dijo en voz alta, y despacito comenzó a dibujar con un palito, sobre la arena de la orilla, rayas y distancias, grabando en su cabeza la herramienta para un gran propósito.
Después cortó varios palos y los dispuso de acuerdo con lo hecho en el dibujo. Trenzó unas cuantas pajas bravas y con ellas ató los palos. Un complejo sistema de palos y ramas entrecruzados se fue alzando a medida que la luna desandaba su camino hacia su encuentro con el sol.
Finalmente, el yacaré ahuecó un pedazo de tronco, le dio forma de una cuchara de considerable tamaño y lo ató al final de un largo palo. Juntó toda la fuerza, levantó la construcción y se echó a dormir con la mañana. Cuando los animales en busca de alimento y agua se acercaron a la orilla, se encontraron con la gigantesca máquina de palos que miraba alto al cielo.
Lejos estaba cualquiera de ellos de preguntar por qué y para qué era esa cosa; así que, haciendo de cuenta de que allí no había más que lo que habitualmente había, se fueron con disimulo hacia la fronda, dedicándose sólo a mirar y escuchar.
El yacaré desayunó y se sentó nuevamente en la orilla, tomó un puñado de barro entre sus manos y le dio forma; la agrandó y la achicó hasta que, definitivamente, obtuvo el tamaño correcto de la cuchara de madera. Después, silbando bajito, se ocupó todo el día de armar las bolas de barro, y sentado sobre una montaña de bolas de barro lo encontró la noche. Apenas habían terminado de acomodarse las estrellas en el cielo, cuando el yacaré tomó una bola, la colocó en la cuchara al final del palo, calzó el enorme palo en la base de la construcción de troncos y comenzó a doblar la larga vara con la cuchara y la bola de barro en la punta. Miró atentamente el cielo, levantó el pulgar para medir y apuntar; y soltó:

- ¡Shhhhhhhhhh!- silbó el proyectil de barro hacia la oscuridad del cielo.
Cuando se perdió a la vista del yacaré, éste miró, esperó y finalmente dijo:

- Le erré, vamos de nuevo.

Un aguará-guazú contó hasta 376, la cantidad de bolas que el yacaré tiró al cielo, y cuando se dio cuenta de que era el único que seguía mirando, se fue a dormir: La última bola que el reptil tiró, acompañó la llegada de la mañana.

Finalmente miró al cielo, se cruzó de brazos y, solo frente a la orilla, dijo:

- Vamos de nuevo. Y se pasó un nuevo día haciendo bolas de barro.
A la sorpresa inicial de los animales se sumó la preocupación de no saber qué hacía y qué le pasaba al yacaré, así que asombrado de la situación, el yaguareté se acercó, se sentó en la orilla y preguntó casi como al pasar:

- ¿Se puede saber que hacés, yaca?

- Estoy haciendo bolas de barro.

-Sí, eso lo veo, pero... ¿Qué es esta máquina? ¿Para qué la estás utilizando?        ¿Qué esperás conseguir con ella? - preguntó el felino casi sin tomar aire.

- Te explico: es una máquina que me permite tirar bolas de barro; con ella intentaré golpear una estrella para que se caiga, y cuando esto ocurra, la buscaré y depositaré en ella mis sueños.
- ¿Depositar en ella tus sueños?

- Sí. ¿No te fijaste cómo brillan las estrellas? Y sólo en un lugar que brille tanto uno puede depositar sus sueños, porque los sueños de uno brillan mucho como para dejarlos tirados o guardados en cualquier parte. Porque pensá, yaguareté. ¿Qué cosa más fea puede ocurrir con tus sueños sino que se pierdan? Por eso, si los pongo en una estrella, cada noche al mirar el cielo me voy a acordar que allí están mis sueños y no dejaré de intentar cumplirlos.

- ¡Ahhhhh! - fue todo lo que el Yaguareté alcanzó a decir antes de enterrar sus manos en la tierra y comenzar a ayudar al yacaré a armar más bolas.


Esa noche encontró a todos los animales apoyando su tarea. Algunos hacían bolas, otros hacían cálculos y otros la crítica de por qué fallaban los disparos. La cuestión fue que, noche tras noche, esta tarea se convirtió en la única preocupación de los animales y, como suele pasar en estas cosas, la falta de resultados desalentó a la mayoría, tanto, que al final de unos cuantos días, nuevamente sobre la orilla, quedaron con sus patas en el agua el yaguareté y el yacaré:

- ¿Y si nunca le pegás a ninguna, Yaca? - preguntó el yaguareté.
- Le voy a pegar - contestó pausadamente el yacaré- Le voy a pegar y cuando caiga, le voy a confiar a ella mis sueños y, cuando la encuentre, con esta misma máquina la voy a devolver al cielo.
- Bien - balbuceó el yaguareté.

Esa noche, al cargar la bola número 157, el yacaré apuntó despacito, le puso toda la fuerza de su convicción a la vara y PAF!!! la soltó!!....... La bola de barro se perdió en la oscuridad, en el mismo momento en que la estrella apuntada se transformaba en la primera estrella fugaz de la historia del mundo!!.
Grande abrieron la boca, felino y reptil y antes de que se dijeran algo, el yacaré ya se había tirado al agua a buscar su estrella. El yaguareté se sentó en el borde del río hasta que llegó la mañana. El yacaré nunca regresó, por lo que nunca nadie supo cuáles eran los sueños del yaca. Pero cuenta la historia que, desde esa noche, se vió al yaguareté tirando bolas de barro al cielo para tratar de colocar también sus deseos en una estrella.


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