Leyenda del Yacaré y las Estrellas
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Todos sabemos desde cuándo está la noche en el Cielo, pero sobre
muchas cosas no sabemos cuándo ocurrieron por primera vez. Esta historia es una
de ellas.
El yacaré, sentado en la orilla,
esperó que cayera la tarde sobre el bañado. La tarde se hizo noche y la noche
bajo las estrellas y la luna, que se fue haciendo horma de queso hasta iluminar
la silueta del reptil y estirarla sobre el agua. El yacaré apuró un pescado que
había atrapado, miró al cielo y suspiro profundamente.
- Manos a la obra - dijo en voz alta, y despacito
comenzó a dibujar con un palito, sobre la arena de la orilla, rayas y
distancias, grabando en su cabeza la herramienta para un gran propósito.
Después cortó varios palos y los dispuso de acuerdo con lo hecho en el
dibujo. Trenzó unas cuantas pajas bravas y con ellas ató los palos. Un complejo
sistema de palos y ramas entrecruzados se fue alzando a medida que la luna
desandaba su camino hacia su encuentro con el sol.
Finalmente, el yacaré ahuecó un pedazo de tronco, le dio forma de una cuchara
de considerable tamaño y lo ató al final de un largo palo. Juntó toda la
fuerza, levantó la construcción y se echó a dormir con la mañana. Cuando los
animales en busca de alimento y agua se acercaron a la orilla, se encontraron
con la gigantesca máquina de palos que miraba alto al cielo.
Lejos estaba cualquiera de ellos de preguntar por qué y para qué era esa cosa;
así que, haciendo de cuenta de que allí no había más que lo que habitualmente
había, se fueron con disimulo hacia la fronda, dedicándose sólo a mirar y
escuchar.
El yacaré desayunó y se sentó nuevamente en la orilla, tomó un puñado
de barro entre sus manos y le dio forma; la agrandó y la achicó hasta que,
definitivamente, obtuvo el tamaño correcto de la cuchara de madera. Después,
silbando bajito, se ocupó todo el día de armar las bolas de barro, y sentado
sobre una montaña de bolas de barro lo encontró la noche. Apenas habían
terminado de acomodarse las estrellas en el cielo, cuando el yacaré tomó una
bola, la colocó en la cuchara al final del palo, calzó el enorme palo en la
base de la construcción de troncos y comenzó a doblar la larga vara con la
cuchara y la bola de barro en la punta. Miró atentamente el cielo, levantó el
pulgar para medir y apuntar; y soltó:
- ¡Shhhhhhhhhh!- silbó el proyectil de barro hacia la oscuridad del cielo.
Cuando se perdió a la vista del yacaré, éste miró, esperó y finalmente
dijo:
- Le erré, vamos de nuevo.
Un aguará-guazú contó hasta 376, la cantidad de bolas que el yacaré tiró
al cielo, y cuando se dio cuenta de que era el único que seguía mirando, se fue
a dormir: La última bola que el reptil tiró, acompañó la llegada de la mañana.
Finalmente miró al cielo, se cruzó de brazos y, solo frente a la
orilla, dijo:
- Vamos de nuevo. Y se pasó un nuevo día haciendo bolas de barro.
A la sorpresa inicial de los animales se sumó la preocupación de no
saber qué hacía y qué le pasaba al yacaré, así que asombrado de la situación,
el yaguareté se acercó, se sentó en la orilla y preguntó casi como al pasar:
- ¿Se puede saber que hacés, yaca?
- Estoy haciendo bolas de barro.
-Sí, eso lo veo, pero... ¿Qué es esta máquina?
¿Para qué la estás utilizando? ¿Qué
esperás conseguir con ella? - preguntó el felino casi sin tomar aire.
- Te explico: es una máquina que me permite tirar bolas de barro; con ella
intentaré golpear una estrella para que se caiga, y cuando esto ocurra, la
buscaré y depositaré en ella mis sueños.
- ¿Depositar en ella tus sueños?
- Sí. ¿No te fijaste cómo brillan las estrellas? Y sólo en un lugar que brille
tanto uno puede depositar sus sueños, porque los sueños de uno brillan mucho
como para dejarlos tirados o guardados en cualquier parte. Porque pensá,
yaguareté. ¿Qué cosa más fea puede ocurrir con tus sueños sino que se pierdan?
Por eso, si los pongo en una estrella, cada noche al mirar el cielo me voy a
acordar que allí están mis sueños y no dejaré de intentar cumplirlos.
- ¡Ahhhhh! - fue todo lo que el Yaguareté alcanzó a decir antes de enterrar sus
manos en la tierra y comenzar a ayudar al yacaré a armar más bolas.
Esa noche encontró a todos los animales apoyando su tarea. Algunos
hacían bolas, otros hacían cálculos y otros la crítica de por qué fallaban los
disparos. La cuestión fue que, noche tras noche, esta tarea se convirtió en la
única preocupación de los animales y, como suele pasar en estas cosas, la falta
de resultados desalentó a la mayoría, tanto, que al final de unos cuantos días,
nuevamente sobre la orilla, quedaron con sus patas en el agua el yaguareté y el
yacaré:
- ¿Y si nunca le pegás a ninguna, Yaca? - preguntó el yaguareté.
- Le voy a pegar - contestó pausadamente el yacaré- Le voy a pegar y cuando
caiga, le voy a confiar a ella mis sueños y, cuando la encuentre, con esta
misma máquina la voy a devolver al cielo.
- Bien - balbuceó el yaguareté.
Esa noche, al cargar la bola número 157, el yacaré apuntó despacito,
le puso toda la fuerza de su convicción a la vara y PAF!!! la soltó!!....... La
bola de barro se perdió en la oscuridad, en el mismo momento en que la estrella
apuntada se transformaba en la primera estrella fugaz de la historia del mundo!!.
Grande abrieron la boca, felino y reptil y antes de que se dijeran
algo, el yacaré ya se había tirado al agua a buscar su estrella. El yaguareté
se sentó en el borde del río hasta que llegó la mañana. El yacaré nunca
regresó, por lo que nunca nadie supo cuáles eran los sueños del yaca. Pero cuenta
la historia que, desde esa noche, se vió al yaguareté tirando bolas de barro al
cielo para tratar de colocar también sus deseos en una estrella.